Así comenzó a escribirse, otra vez

Doña Anodina, twittea a Eróstrato
Había perdido el apetito por algunas vulgaridades mundanas, o el lívido por vivir, veía el noticiero sin que nada la abrumara, veía sus fotos y no comparaba su fisonomía, que había cambiado significativamente en kilos y gestos. Dejó de leer sus fragmentos favoritos, la poesía del mundo; ese gusto por las piezas se convirtió en una porción maciza y sin dirección, se diría que todo lo sólido se desvanecía. Los días del calendario resbalaban mientras le negaban su grandeza,  estaba resignada a fracasar con todos los gramos de su alma empobrecida.
Repulsiva por las armas de fuego y los animales domésticos, intolerante a la guerra como a la lactosa, devota de Madame Bovary, sentada en el inodoro una noche bautizó a Flaubert como profeta psicoanalítico desde su personaje codicioso y autodestructivo, tal y como la sociedad nos empujara a comportarnos entre el consumismo y los partidos políticos, la Iglesia y los medios de comunicación. Una noche, sin contexto o indigestión por la cena, soñó que abría la puerta a algún nuevo lugar que la abrigaría de todo ese caos caldoso al que llegamos, esta superficie real expeliendo gases de demencia y sin temor a un Todopoderoso cualquiera que fuera: una compuerta al Averno de su resilencia, un Hades sin su Caronte,  solitario y listo para ser ocupado, ella estaba en un lugar que sus sueños la invitaron a ocupar como criatura recién creada, era pionera de un espacio extraño nunca imaginado, así entró, como quien busca sin saber, y todo en mudo. Hasta pintaba la mediocridad de su vida, aquella especie de ombú no dijo nada, sólo le mostró el camino.
Alzó la mirada a un techo nirvana ocupado por tierra suspendida, partículas con el color del café molido y recién colado, con raíces tan gruesas como yucas, como muslos de personas de los que brotaban racimos de uvas apenas verdes y estallaron en florecillas blancas, fotografías de reacciones pirotécnicas perfectas, alejándola de su existencia y corporeidad. Curiosamente poco recuerda haberse fijado en el suelo que la contenía a ella, no había mitologías, ni bestiarios, ni libros sagrados, ni sistema electoral; el sueño fue una reacción química perfecta de un Verne que nunca leyó. Fascinada por la epifanía vegetal, fue distraída por una ansiedad compasiva de estar acompañada, tener testigos y seleccionarlos, sentirse casi redentora, era como morirse sabiendo que volverías. El golpe seco y sutil de agua y madera cual fuente zen, la desocupó de las raíces y sabía que no olvidaría este sueño al despertar. Afuera, para ese cuerpo inerme no existían distracciones, no hacía frío y era primavera, tampoco lo que empujara un móvil de viento. Adentro, se sintió observada por el silencio mismo, advirtió agua y piedras, horizontes blancos tejidos de musgo y lianas, algo fluyendo que no adivinaba ni la inquietaba descubrir, y una Nada como la que se comería a la historia de Atreyu.
Un lugar donde no importaba si había Adán, hijos o Espíritu Santo, ni conexión wifi, ni la play station, ni qué vamos a comer hoy, o los chismes de la farándula, o la muerte del Che o de Gadafi, ni cuál es la misión de mañana, ella quería despertar para explicar que aun si bajaban uno o los siete mil millones de almas el mundo terrestre jamás sería las mismas si bajaban allí, porque era inmune a la tolvanera del hombre. Al despertar sintió el temor de que haya sido la verdad revelada ¿qué haría con eso, dejarlo pasar?, quizá pudo haber muerto unas horas mientras dormía, pero ¿y el famoso túnel? Aquello era un búnker idílico, o tal vez un éxtasis místico de su apocalipsis personal –pero no había santos o aureolas por ninguna parte de lo que recordara-,  resumiendo se fue a escribirlo en las redes sociales a averiguar si habían respuestas, no las hubo. Nadie respondió a los ciento cuarenta caracteres publicados: “un ombú me invitó a pasar la noche bajo sus raíces, las contemplé y sentí paz, este ha sido mi viaje y continúo en él esperándolo cada noche”. De todas formas comenzó a escribir de nuevo, su dedos se llenaron de teclas fluyendo como taquígrafa, entretejiendo la sabiduría de la mediocridad.
Tres años más tarde la visión onírica estaba presente en el desayuno, mientras amamantaba a su hijo, cuando le cocinaba al marido, buscando empleo en la web, desempolvando su nueva vida en Buenos Aires, limpiando el baño del PH que alquilan, fumando en el patio a las 2am. Había algo glorioso en su sueño que todavía no terminaba de caer. Ella quería reinsertarse en la sociedad vertiginosa del empleo y la tiranía de los objetos, el maquillaje y las dietas, de las amistades y los resto-bares, de las chucherías para el infante y celebraciones anuales o sin motivo, comprar su casa con un crédito bancario, hacer su propio emprendimiento en el barrio de provincia y cursar ese profesorado al que siempre le huyó. Desempleada como estaba, las raíces de un Ombú no significaban mucho, la esperanza se había ido y se preguntaba si disfrazarse de hommo sapiens laburante era el trayecto a seguir. Y era como tener una canción estúpida pegada en la caja cerebral, el viaje al búnker parecía inservible, tenía mucho tiempo para pensar. Le estaba atribuyendo propiedades salvadoras, indagó en el significado, volvió a rezar, era casi curativo colgarse del sueño y no insinuaba soluciones. Así creyó que a través de su alucinanción podía inventar una nueva teoría filosófica en anonimato, como pura mayeútica a la sombra de la caverna.
Treinta años, cumpliendo con el ciclo de la vida, -hacia dónde voy. ¿Qué tengo que hacer para demostrar que estoy aquí pensando en algo importante, un graffiti servirá? Seré la próxima Eróstrato de la cotidianidad. Nuestra heroína hizo varios viajes, tanto en avión como en todos los medios de transporte, mudándose como nómade, viviendo otros lugares a través de fotos de otros en Facebook, su existencia era como un fado o un tango incompleto, quería más de lo que había obtenido por amor y otras excusas. Ella quería saber quién era menos estúpido que ella y le descifre el sueño que tiene anudado en el cerebro como si fuera el secreto del universo en una cáscara de nuez ¿acaso lo era? El viaje del que nunca leyó en libros y que ninguna realización de metas humanas le satisficiera, al menos despierta. Ni suponiendo que lo elevara al ascetismo de las cosas, viva o despierta, ella jamás sentiría lo que aquella noche la atribuló y la ha mantenido razonando la raíz del asunto que no necesita de otro más que de ella misma. Se fue a la estación de trenes, sacó boleto de J.L. Suárez a Retiro y al llegar a Capital tomó el Subte dirección Congreso y se sentó todo el día, despierta hasta que cayera la noche, frente al árbol Centenario a conversarle en silencio.


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