LA PRIMAVERA DE MI LEJANO YO

Desperté un martes imaginando que era sábado, probablemente porque quería ir a Tocuchare, esa playa casi secreta, transparente a la orilla de las olas de tu esperanza, o al hipódromo de San Isidro para ver correr a los equinos o gritar un poco a la intemperie de la rutina, una brecha abismal entre el deseo y la realidad espacial, pero era martes y no estaba cerca de ningún lugar. Ay José Antonio! Cómo quisiera sentarme bajo un yaque, a la orilla negra del mar de tu costa verde y cobriza que huele a desierto y selva, nuestra Nueva Andalucía con el fantasma de su nombre entre guaraníes y cumanagotos, de Mariño y Bermúdez, del Gran Mariscal y el Manzanares del Caribe, Mochima aguanta y contine a sus hijos sobre balsas entre aguas profundas que retratan el reencuentro. Adentro la llevo roble y bucare anauco de noviembre, sal, camarones y plátanos maduros, afuera se me viste de jacarandá, rodocrosita, mate y carbón encendido que te invitan a la eterna primavera.

Desde que empezó la primavera en esta latitud y la temperatura ascendió una veintena casi contando treinta, todas estas mañanas el viento se disfraza de vacaciones, y yo eternamente desempleada, y todo me sabe a  arepita y papelón con limón, mientras desayuno facturas y mate cocido con leche, a los que no desprecio por cierto. El viento que nos cubre a todos viene a recordarme esa sensación divina de despertar entre julio y octubre en la casa de mi abuela, que ahora es la casa de los tíos, la casa de todos donde podemos regresar pródigos, solos o acompañados, sin vacilar, en nuestro "aquel lugar" frente a la montaña rojiza que con cada nieto se erosiona más. La infancia de mi lugar favorito en el mundo, de los olores, las imágenes y las emociones inefables de una vida que aun no cuenta mucho, y aunque en algún momento me llegué a aburrir, ahora se compran bijou esos momentos y, probablemente, la realidad sea más feliz o animada actualmente, pero cómo añoro volver y jugar a vestirme con ella: como el tango antes que se me marchite la frente y las nieves que nunca he visto blanqueen mi sien. Sueno tango, sueno fado, sueno a polo y galerón, un cuatro y un bandoneón.



En el Caribe nunca es primavera, porque es primavera y otoño y verano, es todo en las flores, todo circulando desapercibido en un lamento, en el tránsito y los bares, en el cerro y los malhablados, en el perpétuo fin de semana, en el perpétuo divorcio, no hay estaciones allá. En el sur aún no conozco costa hermosa como la de mi Tierra, esmeralda y medianamente profunda en ese Golfo telúrico como la T dibujada en el mapa, ojalá pueda visitarte nuevamente para mitigar esta ansiedad y apaciguar los fantasmas del insomnio -ay José Antonio! Mío-, visitarte en tu cielo de esmalte que se me quiebra en el rocío, o al menos estar despierta en su anocher místico y heroico. Sucre querido, tu atardecer vaporoso, ventoso y memorioso, con esa costa bajo el nivel del mar y el paseo por el boulevard del Monumento, de casa en casa sin más lugar vanal que visitar en el resguardo de un cerveza fría para sofocar las carencias del pasear o sólo por placer en asentir la invitación del desconocido. Sucre azucarado, Sucre dulce, Sucre salado, Sucre, pinté manzanas en un cerezo porque me sobraba rojo frustración, rojo exilio, rojo japón cual nunca llegó, rojo íntimo de grises, rojo que te me quedaste atrás en las venas abiertas de mi pueblo desde el Cumanagoto hasta Cariaco y hasta Caripe un poco más, que naufragó en el Río de La Plata.

En el ejercicio de escribir he perdido facultad y respeto hacia mí, pero empecé a reflexionar sobre el exilio a propósito de una cerveza aqui, allá o en cualquier lugar. En la filosofía de la espuma hallé el momento astral del lugar natural, ora buscando esa tierra prometida, ora espejeando a mis ancestros históricos, épicos y ebrios, ora por la hora en que tenía que dejar de mentirme huyendo de un noviazgo antes que del matrimonio, quizá por el gobernante de turno o por las decisiones salomónicas de sus súbditos, no lo sé. Juro por todos los vulbos del huerto de mis temores que yo quería volver, pero un país que forjado a metal que rige el signo zodiacal -la plata-, además identidades bandeandose los colores celeste y blanco: estaba escrito este era mi destino, adoro mi lugar ahora, pero dónde está mi Hogar, dónde estoy y qué propósito dibuja mis rojos, mis manzanas y mis diluvios.

Te extraño como quien extraña al amor de su vida, no puedo odiarte ni pedirte nada a cambio porque me lo has dado todo y he sido yo quien te ha abandonado. Te extraño con la fuerza de los años que te dedicas a ir al colegio madrugando enlegañado, con la bravura de las sequías y los batazos de la temporada, con la angustia de los ascensores y las avenidas repletas de grocerías, con la nonata idea de tener un país mejor que todavía no comienza por donde termina. Te extraño y hubiera querido nacer en tu verdadero "contigo" para no haberte dejado nunca o haber regresado sin reproches. Amo el lugar donde estoy ahora, pero sin tu recuerdo se me chorrea el cielo, me falta la torre del Timón de Fliunte, se me hace trizas el papel que cumplo en esta vida que va de primavera acercandose a mi lejano yo.


 NOTA
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